Pedro ARROJO
AGUDO
Profesor
de la Universidad de Zaragoza. Presidente del Congreso Ibérico sobre
Planificación y Gestión de Aguas
En la lectura
de la memoria económica del Plan Hidrológico Nacional que
tuve que hacer para elaborar el dictamen que me requirió el Ministerio
de Medio Ambiente, fui pasando de la esperanza, al constatar una primera
parte de exposición metodológica seria, a la decepción,
al apreciar la falta de rigor con la que luego se aplicaba en la práctica,
para terminar en la indignación, por la manipulación que
acababa haciéndose de conceptos y metodologías básicas,
bajo la obsesión de justificar a toda costa el proyecto. En este
sentido, desde el rigor del análisis económico, la memoria
del plan llega a incurrir en lo que debería calificarse como prevaricación
técnica, por cuanto, más allá de lícitas divergencias
en enfoques o datos, se deforma conscientemente la metodología coste-beneficio,
alterando gravemente los resultados.
Inflar unas 110
ptas./m³ el llamado valor de oportunidad de las aguas urbanas, dar
periodos de amortización de 50 años a infraestructuras como
instalaciones de bombeo, que tienen estándares de 15 a 25 años,
"olvidar" los costes derivados de la masiva regulación de caudales
que exigen estos trasvases, así como los de depuración de
las aguas trasvasables, caracterizadas oficialmente como de mala calidad,
sesgar a la baja las expectativas de costes energéticos, considerar
como beneficios los costes laborales en la agricultura... son algunos de
estos inaceptables errores. Simplemente rectificándolos se pasa
de los 700.000 millones positivos del estudio oficial, a unas pérdidas
de al menos 400.000 millones de pesetas.
Por otro lado,
el análisis presenta costes medios, estimados en unas 53 ptas./m³,
eludiendo distribuirlos en cada tramo, lo que supondría más
de 100 ptas./m³ en Murcia y Almería (que serían más
de 150 ptas./m³ desde cálculos rigurosos). Con ello se intenta
oscurecer la irracionalidad que representa asumir estos costes cuando la
desalación de aguas marinas supone hoy entre 70 y 90 ptas./m³.
Se intenta ocultar la masiva subvención pública, más
de 100 ptas./m³, que exigirán estos trasvases a Murcia y Almería,
si, tal y como prevé el Gobierno, se acaban ofreciendo las aguas
a 30 ptas./m³ para "no desbordar los precios a los que, de hecho,
están actuando los mercados de aguas subterráneas, privadas,
actualmente".
Ante la perspectiva
de tan descomunal esfuerzo público (conviene no olvidar que el dinero
que se pretende traer de Bruselas es tanto de todos los españoles
como el que procede de nuestros impuestos), sería pertinente tomar
en consideración quienes, en concreto, serán los beneficiarios,
más allá de la demagogia populista de "los pueblos que mueren
de sed". En este sentido, no olvidemos que en un acto previo, el PP, con
el apoyo de CiU, reformó la ley de Aguas para liberalizar los mercados
de aguas públicas, lo que abre un nuevo escenario en el que se preparan
suculentos negocios en todo el litoral mediterráneo. En concreto,
los mercados de aguas urbano-turísticas en alta (gestión
de aguas urbanas), arrancando de esas 30 ptas./m³ bajo subvención,
podrán subir hasta las 70-90 ptas./m³ de la desalación.
Ciertamente, es un buen negocio, coherente con el contexto de desgobierno
e insostenibilidad que impera, tanto en materia urbanística como
de regadíos ilegales y "alegales"; desgobierno responsable de ese
llamado déficit estructural que pretende justificar la política
trasvasista en nom-bre de una pretendida solidaridad de los territorios
menos desarrollados para con actividades especulativas en los más
desarrollados.
No menos graves
prometen ser los impactos ambientales de este faraónico plan. Por
un lado, en torno a un centenar de nuevos grandes embalses amenazan pueblos,
valles y parajes naturales de singular valor. El Recrecimiento de Yesa,
Biscarrués y Santaliestra, en el Pirineo aragonés, con cientos
de familias a punto de ser sacadas de sus casas a punta de pistola, como
en los mejores tiempos del franquismo, ya suscitaron recientemente una
huelga general regional sin precedentes en Europa, que curiosamente fue
silenciada en los medios de comunicación.
El delta del
Ebro, el segundo patrimonio en biodiversidad de la Península, tras
Doñana, se hunde a razón de 3 mm/año (el mar crecerá
a otros 3 mm/año, por cambio climático y fusión de
masas polares), por falta de sedimentos, y se saliniza, mientras sus caudales
se degradan por contaminación, amenazando en estiaje situaciones
de colapso biológico. En estas condiciones, los informes de la Universitat
de Barcelona recomiendan desterrar la caracterización de cuenca
excedentaria y la introducción de modernos criterios de gestión
de sedimentos que exigirían crecidas controladas que al tiempo permitirían
fertilizar las degradadas pesquerías de costa y las potencialidades
marisqueras.
En este contexto,
las movilizaciones ciudadanas son importantes. Es necesario exigir un debate
público serio y riguroso. Permitir al Gobierno esta política
de hechos consumados, antes de que se trasponga la directiva marco de aguas
recientemente aprobada en Bruselas, que, por cierto, entra en flagrante
contradicción con este plan, sería una grave irresponsabilidad
histórica.