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Campus de Marte Dime qué rio tienes y te diré quién eres
Cuando se recorre el valle de Ricote, y se sigue río arriba hacia Blanca, Abarán y Cieza; cuando se mira el paisaje desde el cerro donde yacen las ruinas de Medina Siyasa -hermosos vestigios de una ciudad árabe que no dejan lugar a la duda sobre una intensa elaboración cultural que queda plasmada en la formalización de su vida urbana-, uno no tiene más remedio que fascinarse por esa simbiosis perfecta de huertas, río y montaña. Hubo un tiempo que existió una administración inteligente e ingeniosa del agua. Los paisajes más hermosos y placenteros que aún se conservan (milagrosamente) en la Vega del Segura, fueron modelados durante siglos por una constante conversación entre los ciclos ecológicos y las manos laboriosas y campesinas de hombres y mujeres que dieron forma a norias, aljibes y huertas. Ese tiempo ya no existe: ‘los análisis realizados a los sedimentos en tres puntos de la ribera del río, a su paso por el municipio de Murcia, es muy preocupante. En las muestras procedentes de Verónicas los contenidos de cromo y plomo son de 7,5 y 8,2 mg/kg. respectivamente, pero aumentan significativamente hasta 53,98 y 203 mg/kg. en Zarandona, en el caso de cromo, y escandalosamente en el Reguerón. Podríamos concluir que los contenidos en cromo y plomo de los sedimentos que pueden ser arrastrados a zonas cultivables de las riberas del Segura, son extremadamente elevados y potencialmente peligrosos por los arrastres en el río y acequias que pueden llevarlos hasta zonas de huerta...’. Fin de la administración ingeniosa del agua, bienvenidos a la bárbara e incisiva irresponsabilidad instituida y organizada. El río Segura es más que un río, es todo un tratado de sociología del poder político y económico que regenta la Región de Murcia. En sus aguas está inscrita la historia de la institucionalización de una práctica política permisiva con la piratería económica dominante en esta región. El que una situación como la que vemos a diario en el río Segura haya sido objeto de más de dos décadas de promesas políticas, sin que solución alguna sea digna de calificarse como derivada del más elemental raciocinio (algún cronista local podría confeccionar una enjundiosa antología del disparate solamente recopilando algunas de las propuestas de actuación sobre el río que se han forjado en ilustres despachos de algunos palacios y edificios capitalinos), no es otra cosa que el más preciso reflejo de un poder autonómico sin capacidad política ninguna (y sobre todo sin mucho capital cultural acumulado) para constituir un proyecto de región que merezca tal consideración. En estas dos semanas de egregias fiestas locales, el que esto escribe reflexionaba sobre el valor que puede tener la tradición y la cultura local como recurso para hacer confluir el pasado y el futuro en la capacidad de decisión política. Los territorios que han comprendido esto son regiones exitosas en un mundo globalizado. Las que no, se regocijan en la tradición, en el culto a un pasado que no funda ningún futuro. Esto es el ‘morcillismo’, al que se ha reducido el proyecto autonómico murciano. El estado actual del río Segura, en cuanto principal víctima visible de semejante habitus cultural, no habría sido posible sin la lógica de silencio, complicidad y encubrimiento que el poder político-burocrático-económico ha tejido en el territorio capitalino, y muy especialmente en el municipal, para mantener a una opinión pública impasible y sumida en su desidia cotidiana (lo que explica cuan nerviosos se ponen algunos cuando la Región se convierte en protagonista de programas televisivos o reportajes periodísticos de alcance nacional, que sacan a la luz las vergüenzas internas, laboriosamente ocultadas por los mismos sufridores de esas afecciones nerviosas ). Si los pueblos de la Vega Baja (Alicante) protagonizan en las calles de Murcia la mayor manifestación de la historia democrática de esta región, sin que ni uno sólo de los ayuntamientos de la vega murciana del Segura, apoye unas reivindicaciones que tanto incumben a esta tierra, comprenderemos hasta que punto el ‘morcillismo’ ha arrasado la más mínima cultura ciudadana. Hoy en esta región lo que está en peligro son unos derechos de ciudadanía que en toda la Unión Europea están siendo construidos de forma participativa por la confluencia de movimientos sociales y leyes medioambientales. En la Unión Europea, el disenso y el debate son alentados como oxígeno para la democracia; en La Región de Murcia, por el contrario, el disenso es perseguido y los grupos sociales contestatarios, sistemáticamente estigmatizados. La ciudadanía ecológica o medioambiental –es decir, las obligaciones de las presentes generaciones con las futuras generaciones y las relaciones de los seres humanos con la naturaleza (socializada), basadas sobre el debate democrático en torno a qué desarrollos tecnológicos implementar- es el viaje que buena parte de los países europeos trata de emprender. Y Murcia se ha bajado de ese carro, sumergiéndose en un discurso retrógrado y bárbaro que nos ha llevado a ser puestos bajo la mirada de la sospecha en todas las instituciones comunitarias. Cuando leemos un titular de prensa como el del pasado 10 de abril de 2001, ‘la Unión Europea expedienta a España por falta de depuración en Murcia y Molina’, hemos de reflexionar y, muy urgentemente, sobre el déficit de derechos de ciudadanía ambiental existente en la Región de Murcia. Una de las tareas más prioritarias que tiene hoy la sociedad murciana es reivindicar una ciudadanía ambiental sistemáticamente denegada por sus anquilosadas elites económicas y políticas, las mismas que han hecho del río Segura uno de los ríos más contaminados de toda la Unión Europea. El que se dependa de subvenciones comunitarias para el desarrollo regional, ha asentado la creencia en nuestros dirigentes políticos y económicos de que la Unión Europea es uno de esos acuíferos (financieros) a los que aquí gusta tanto sobrexplotar. Y están bastante equivocados, como muestran los continuos ‘cocotazos’ y llamadas al orden que vienen recibiendo desde diversos ámbitos comunitarios en asuntos tales como Portman, los espacios naturales protegidos y ahora el río Segura. La torpeza no puede seguir siendo la habitual carta de presentación de esta región en el exterior.
Sobreexplotar mano de obra barata para mantener variables macroeconómicas
crecientes es un camino hacia ninguna parte. El río Segura es la
mejor expresión de una estrategia económica agotada. La lucha
por la ciudadanía (de la ciudadanía social para los trabajadores,
especialmente para ese porcentaje largo que sobrevive en la eventualidad
y en la economía irregular, de la ciudadanía política
para los inmigrantes, de la ciudadanía ecológica para todos)
es hoy en la Región de Murcia la apuesta por desarrollar frenos
de emergencia para un modelo político y económico que ha
desecado los ríos y la democracia. Andrés Pedreño
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